(por Emiliano Valenzuela)

Y me fue imposible cerrar los ojos y no ver
aquel espectáculo extraño, lento y extraño,
aunque empotrado en una realidad velocísima:
miles de muchachos como yo, lampiños
o barbudos, pero latinoamericanos todos,
juntando sus mejillas con la muerte.
Roberto Bolaño.

M2¿De qué tratan estas fotos? Pues de nada, pero a la vez en esa delgada afirmación, estas fotos de M2 tratan sobre todo: son, en primer término, para mí, un pensamiento sobre el acto mismo de fotografiar: el ojo solitario en el rectángulo es el mundo, su reflejo a la vez está proyectado sobre un espacio solitario que en un cuadrado, abrumador y abominable, separa a los que aman, sufren y sueñan de sus apegos y esperanzas, inmovilizándoles en una barrera, en un ataúd infranqueable de cristal difuso: un ascensor, una fotografía.
Ese rectángulo del ojo que fotografía un cuadrado de prisioneros, es en sí una dimensión metafórica perturbadora ¿De qué? Pues, como mencioné, de la fotografía misma en primer término, pero a la vez algo más importante: es de algún modo ¿no? Una reflexión –y hablo desde la opinión más personal- sobre la incapacidad que tenemos de abarcar lo que amamos –no en un sentido ridículo o romántico claro, sino con la ansiedad de la fiebre, con la imposibilidad a que pertenecemos – la herida, el accidente, la tara incurable- y que de algún modo hierve en su inquietante extrañez, como pregunta dentro de nosotros cuando emprendemos la búsqueda por la calle con nuestras cámaras. Y es así como imagino a David en su viaje: entrando por la noche, como un pez retorciéndose dentro de un ojo líquido y viscoso, encontrando, por azar, este féretro de hielo luminoso y encogido, como un haz blanco de luz en medio de las ruinas líquidas de la ciudad de Santiago de Chile, que no es ni Santiago ni Chile, sino un camino de tierra inhóspito que recorre de ida y regreso para siempre.
Me pregunto: ¿De qué habla el fotógrafo? ¿Quién es este fotógrafo?

WEB-SAM_4973aPues este joven fotógrafo para nada es un profeta ni un predicador social de inmutables y conservadores evangelios foto periodísticos; sus palabras no son un sermón penoso ni una denuncia social afortunadamente. Son más bien la constatación de algo muy simple y a la vez, por ello, original y extraordinario. ¿Quiénes son estos seres eternizados en su pérdida constante tras un cuadrado de vidrio? La respuesta es simple y difícil: son los otros, reconocidos en David como él mismo: el hombre solitario detrás del rectángulo; los habitantes sutiles de un mundo personal que no da concesiones, brutal, violento, intransigente, hermético y metálico, pero a la vez profundamente entrañable, donde se identifica, con fuerza, la ternura que emanan las personas, el afecto por lo irreversible en el devenir de lo que intentamos abrazar y abarcar con angustia. ¿Qué más terrible, qué más desgarrador que una escena que se perpetúa sólo unos instantes? como la última línea roja bajo un cúmulo de nubes en un horizonte negro que se despide al final del día, como el rastro final de una caja que desciende en la tierra y que lleva los restos de alguien que amamos, como ese verso del primer libro de Enrique Lihn: un ataúd sin fondo de tierra para la tierra.
¿Es este libro una historia de amor? Pues claro que sí. Como el amor al mundo al que se perteneció y se deja lentamente de pertenecer, es como la infancia -el perverso laberinto en el que siempre vive el poeta-, es como la muerte de lo que amamos, es la desaparición gradual y es a la vez la lucha por oponerse a una derrota segura, y es por eso valentía y desesperación.
Creo que este metro cuadrado sostiene un valor no sólo profundo sino revelador.
Me pregunto de nuevo ¿Quién es el fotógrafo? Pues lo sé al ver su trabajo: un valiente, un perdedor en el sentido más serio – perdedor es el que pierde con una densidad anímica profunda a enfrentar su pérdida- y cuya respuesta a su propia derrota, en este caso, es una épica solitaria; la épica de su propio metro cuadrado, donde mira lo más propio y pero por ello lo más verdadero: en el otro está el enigma de uno mismo; eso lo sabe David demasiado bien: cabezas cortadas, manos, gestos enigmáticos, ojos que son una mancha blanca en lo negro de la existencia; siluetas que hacen una señal de despedida muy triste.
Este libro es esa representación, construida a través del dispositivo de sus páginas como una reiteración abrumadora de un estado de ánimo. Esto es la reiteración del sí mismo en el otro y su encerrado territorio; David – que nació allá en los años 80, muy parecidos a una cárcel o al laberinto inmóvil que existe bajo la luz de estas imágenes- aparece, aunque sea someramente, en un reflejo diluido dentro del vidrio en todas las fotos; ¿Es este un libro de autorretratos? Pues claro que lo es-; ¿Tiene que ver con Santiago de Chile? No lo creo: la ciudad que existe acá es la ciudad de David, un estrato parecido a un purgatorio delimitado por la voluntad nula de los que en él marcan el paso como en una sala de espera que desciende hacia una noche infinita: la reiteración de ese mapa fotográfico, ese laberinto, es, por supuesto, él mismo David encarnado como fantasma en ese mundo-, y tiene la fuerza de punzar el ojo, el rectángulo en el cuadrado de la soledad; el rectángulo en el cuadrado del mundo; el rectángulo en el rectángulo a la vez del territorio basto de una poética personal de quien es tan bien parte de la misma celda: un fotógrafo en su rectángulo del tamaño de un mundo que es similar a un abismo, y como dijo el mismo Enrique Lihn: de la palabra que se ajusta al abismo, surge un poco de oscura inteligencia.
Y de eso está construido este M2: la oscura inteligencia de David y el equipo de la visita nos entregan algo nuevo, algo que se ajusta al abismo y es inaugural, inédito, sencillo, en cuanto a la demostración empírica de que un foto libro, en Chile, puede ser más que un catálogo antológico con buenas o malas fotos, más que técnica o fineza de impresión; La visita apela –acorde a un ritmo netamente actual de pensamiento fotográfico – a la construcción de un discurso, subjetivo e impredecible, que se articula, único, como dispositivo con vida propia, apegada al esqueleto de una idea poderosa y que funciona excelente; y es así como entre las manos tenemos un libro que encontró una vida particular dentro de la colección, porque desde su forma escapa de esta. Una vida provocada por su autenticidad y su genialidad y como dije desde su máxima sencillez. Además estamos por todas estas características, ante algo mítico y totalmente de culto; un libro cuyas páginas tienen aún mucho que decir y que augurar en cuanto a que con entusiasmo uno espera más trabajos de esta índole: gestos de resistencia, inteligente violencia y entrañable convicción.

 

Emiliano Valenzuela

Ver el Libro

David Alarcón en la 2ª Antología de Fotografía Joven Fotoespacio Chile 2012-2013
David Alarcón: Premio IILA de Fotografía

 

Compartir: